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lunes, 25 de julio de 2011

HAGO UN BREVE PARÉNTESIS EN LA MÚSICA

Ya habrán comprobado que no soy de poner posts relativos a cuestiones deportivas. En esta oportunidad voy a hacer una excepción y voy a aludir al desenlace de la Copa América que se disputó hasta el día de ayer en la República Argentina y que dejó como Campeón de la misma al país en el que nací. No puedo negar que en este país, donde el fútbol se aprende en la panza de la madre, este campeonato concitó un enorme interés, dentro del cual me incluyo. Por eso también hemos estado unos cuantos días sin publicar nada. 

El resultado del Campeonato me satisfizo mucho, pero no por el motivo que sería más obvio, eso que llaman patriotismo. [No me acuerdo quién dijo que la patria es el pedazo de tierra que me ha tocado conocer más de cerca]. Nada más lejos de mi ánimo  que el desarrollar un discurso nacionalista, patriotero y chovinista. Por el contrario, si los motivos de mi satisfacción los hubiera apreciado en otro seleccionado nacional no dudaría un instante en aplaudirlo. 

Cuando se disputaban las eliminatorias para el Campeonato Mundial de 2006 en Alemania, la selección uruguaya perdió 10 de 12 puntos consecutivos que tuvo que jugar en un tramo de esa eliminatoria. Jugó cuatro partidos en dos meses y tan solo pudo empatar dos de ellos y perder los otros dos, uno de ellos como local. Ahí supe que Uruguay no merecía estar en Alemania y al fin y al cabo me alegré de que no llegáramos, porque hubiéramos ido para hacer papelones. Y mi convicción no estribaba únicamente en el hecho deportivo de perder o empatar, sino en el hecho antideportivo de jugar sin convicción impidiendo que quienes lo querían hacer honestamente no pudieran hacerlo. Seguramente hubo excepciones entre aquellos jugadores, pero los que venían precedidos de un cartel de superestrellas, palanqueados por contratistas y periodistas, fracasaron rotundamente, vergonzosamente. ¿Porque jugaron mal? No, porque su actitud fue un fraude y de hecho algunos solo hicieron la pantomima de jugar.

La eliminatorias para Sudáfrica 2010 fueron diferentes, aunque generaron desconfianza al principio. No queríamos más de lo mismo. Tampoco queríamos genios distantes, helados y maquinales. Queríamos gente auténtica, queríamos actitudes humanas honestas, queríamos buena gente. Y si bien deportivamente no nos fue tanto mejor que antes, lo que se perdió se perdió con vergüenza y lo que se ganó, se ganó con humildad. Y con justicia, porque a partir de allí se acabó el todo vale. Y así, arañando fuimos a Sudáfrica, y allí se apreciaron los frutos. No fuimos campeones del mundo, pero quedamos ampliamente satisfechos por lo que hicieron los jugadores.

¿Qué cambió? Muchas cosas, y no voy a hablar de lo deportivo, que a mi juicio es el segundo plano de lo que está pasando. 

La primera, es que en buena hora nos extirparon esa cosa nunca bien definida que nos habían enseñado como "garra" y la reinventaron para bien. A todos los que hemos pateado una pelota , alguna vez nos dijeron: "pegale en la cabeza, que no renguea" y nos fomentaron que fuéramos "vivos" [o como se dice por aquí, que "garroneáramos"]. Estos jugadores no son señoritas, pero juegan limpio y con argumentos deportivos, no con avivadas.
La segunda, que el trasfondo machista del fútbol por suerte se va desdibujando y prevalece en estos seleccionados el no apelar al matonismo cuando las cosas no salen bien. Si se gana bien y si se pierde, aceptarlo y tratar de mejorar y evitar perder en el futuro, pero no salir a pura prepotencia a amedrentar a los otros. Hubo épocas en las que parecía que la hombría se demostraba a piñazos.

La tercera, que esto es competencia deportiva y que nadie es mejor que nadie, sino que ganan los que hacen mejor las cosas. Es cierto que la competencia entre países puede fomentar la xenofobia y el patrioterismo, pero bien encarada la cuestión, se llega a comprender que es una cuestión de hacer y no de ser. Ganar al fútbol no convierte a nadie en mejor persona. Pero además conlleva la idea de que merece el triunfo el que más y mejor hace para obtenerlo.

La cuarta, y no menor, porque el ejemplo cundió de arriba a abajo y hay una actitud netamente educativa. Hoy se habla de una educación permanente, de una formación constante. Hoy ya nadie puede sentir que ha logrado todo de una vez y para siempre, sino que siempre hay espacio y tiempo para mejorar. Para que eso ocurra, desde la cabeza se debe poder trasmitir claramente ese mensaje. Allí interviene el oficio y la capacidad docente. Y eso ha ocurrido con los integrantes de este seleccionado: tuvieron una figura determinante en ese sentido, que se llama Óscar Tabárez, quien conjugó su profesión de Maestro de escuela [también fue Director de escuela] con su trayectoria como jugador de fútbol profesional y de Director Técnico de fútbol.



El Maestro


El Técnico
 
Pero como las personas son una, el Maestro sigue viviendo en el Técnico, y desde adentro aflora para guiar a los más jóvenes, para que primero sean buenas personas y después puedan ser leales deportistas. Por eso, tras obtener el Campeonato enfatizó que estos procesos no se terminan en lo deportivo, sino que deben ser una contribución para lograr una sociedad mejor.

Por ello es que me muestro satisfecho, no por fetichismo del "paisito", no por los lugares comunes del patriotismo de consumo [al fin y al cabo muchas atrocidades se han hecho en nombre de la patria], no por una resurrección de las señas de identidad de nuestra mitología nacionalista, sino por el triunfo, aunque sea al menos transitorio, de valores esencialmente humanos, basados en el respeto de la persona, tanto sea ella la que se me parece como aquella que es muy diferente.

Cierro el paréntesis.

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