CRUZAN ABBEY ROAD

ACROSS THE BEATLE UNIVERSE

VOTANOS AQUÍ PARA QUE ABBEY ROAD ESTÉ ENTRE LOS 100 MEJORES BEATLES SITES

Mostrando las entradas con la etiqueta REVISTA ROLLING STONE. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta REVISTA ROLLING STONE. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de abril de 2014

LA PRENSA Y EL CONCIERTO DE McCARTNEY EN MONTEVIDEO [I]: ROLLING STONE [ARGENTINA]

Comenzamos esta serie de post que acercarán a los amigos de ABBEY ROAD a los comentarios que se volcaron en la prensa acerca del histórico segunsdo concierto de Paul McCartney en Uruguay, el pasado sábado 19 de abril en el Estadio Centenario de Montevideo.

Primero, una publicación especializada y autorizada en la materia: la versión argentina de Rolling Stone.

La nota viene firmada por Joaquín Vismara y la reproducimos íntegra, tal cual se publicó en la web.

____________________________

20.04.2014 | 21:02

Paul McCartney en Montevideo: al otro lado del río

Sin escala en Buenos Aires, el ex beatle regresó a Uruguay después de dos años en lo que fue el inicio del tramo sudamericano de su gira Out There; crónica y fotos




Se podrían hacer conjeturas respecto a por qué lo que ocurrió el sábado en el Estadio Centenario de Montevideo esta vez no tuvo su correlato de este lado del Río de la Plata. Se podría intentar buscar explicaciones, analizar posibilidades o deslizar teorías. Pero todo esto pasa a un segundo plano cuando lo importante es que, una vez más, Paul McCartney estuvo y está de gira por la región, en una plenitud de funciones que no acusa recibo de los 71 años que lleva a cuestas. Si la montaña no va a Mahoma, la solución es cruzar el charco. Desde temprano, las calles de Montevideo daban testimonio de la llegada de un peregrinaje ordenado, prolijo y trans-generacional que sintonizó con la calma eterna de la capital uruguaya sin mayores inconvenientes.



Al fin y al cabo, ¿cómo no sucumbir ante el encanto de tener cerca a un ex beatle y no pasar a rendirle respeto? La visita de cualquier artista con décadas de gira genera en el público la reacción de querer presenciar lo que quizás sea la última posibilidad de verlos sobre un escenario, pero ese no pareciera ser el caso de Sir Paul. La vitalidad que demuestra sobre el tablado sin flaquear un segundo y el nivel de detallismo con el que se entrega a su obra ponen la atención en tiempo presente: el espectáculo vale por lo que es hoy. No se trata sólo de ir a escuchar canciones que marcaron la vida de millones de personas: quien las compuso las está interpretando parado de espaldas a la tribuna Amsterdam del Estadio Centenario, y está enterísimo.



Si bien la estructura general del concierto hace pensar que a McCartney le gusta ir a lo seguro, una mirada un poco más fina permite ver el grado de riesgo que opera en el contexto de un show de masas. Lo que comienza con los hits de ayer y hoy ("Eight Days a Week", "All My Loving", "Listen to What the Man Said", "Let Me Roll It"), de a poco abandona el terreno firme de la complacencia, y da lugar al costado del cancionero de los Fab Four que no emprendió la carrera al éxito. Ahí están para comprobarlo los fogonazos de "I've Just Seen a Face" y "All Together Now" y, más tarde, la invocación en plan hi-tech de la lisergia de Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band, de la mano de "Lovely Rita" y "Being For The Benefit of Mr. Kite!" bajo una lluvia de láseres.




Por más que todo ocurra en el contexto de un despliegue escénico de alto calibre (tres pantallas de alta definición, complejos juegos de luces y unos bloques móviles de leds), Macca sabe que acá lo que valen son las canciones. Que haya terminado tocando su acústica sobre una plataforma que lo elevó varios metros sobre el escenario es un detalle menor cuando lo que importa es que lo hizo mientras interpretaba "Blackbird", tal vez una de las canciones más lindas que se hayan escrito jamás. De frente a 50 mil personas, McCartney puede jactarse de ser quizás el único ser humano capaz de acaparar la atención y las emociones de una audiencia de ese tamaño; durante dos minutos y medio, su guitarra y voz son lo único que se escucha en el Centenario, en el medio de un intimismo inquebrantable.



A sus 71 años, Paul demuestra una vitalidad sobrehumana que lo mantiene activo durante más de dos horas y media de show sin que se vea en su rostro alguna señal de fatiga. Pasa de su bajo Höfner a la guitarra eléctrica, de ahí se muda a alguno de sus dos pianos, y reinicia el ciclo sin solución de continuidad. Estar delante suyo es ver a un pedazo de historia viva de la música y la cultura popular del Siglo XX, un tipo con más de cinco décadas de actividad ininterrumpida, por lo que no es casual entonces el mestizaje generacional de su público. Tanto ha estado dando vueltas que en un mismo movimiento pasa de interpretar una canción que compuso para su actual pareja, Nancy Shevell ("My Valentine"), a retroceder cuarenta y dos años para volver sobre otra escrita para su primera esposa, Linda Eastman ("Maybe I'm Amazed").




El perfeccionismo es una constante en el trabajo de McCartney en escena, y gran parte de su mérito recae sobre los cuatro músicos que lo acompañan. Lo que podría ser una formación austera de rock (Rusty Anderson en guitarra, Brian Ray en guitarra y bajo, Paul Wickens en teclados y Abe Laboriel Jr en batería) cubre todo el espectro sonoro del repertorio, con cintura de más para evocar el espíritu de cada época visitada. Con esta pared a sus espaldas, el efecto nostálgico es inmediato, y se potencia con detalles mínimos, como utilizar para "Paperback Writer" la misma Epiphone Casino con la que grabó. Aun bajo este rigor detallista, la banda rompió con su propio protocolo ante la insistencia de un fan de la primera fila. Después de que el pobre hombre se pasase la primera hora de show pidiendo a gritos "One After 909" (y que Sir Paul bromease más de una vez con que iba a hacerle caso omiso), la súplica devino en realidad, con dedicatoria incluida. Por escasos tres minutos, difícilmente haya existido una persona más feliz sobre la faz de la tierra que este fanático.



Que el motor de esta gira sea New, su decimosexto disco en solitario, pone todo en su lugar. En un show dominado por la nostalgia, los cimbronazos guitarreros de "Save Us" podrían pasar como un tema de Wings, "New" es lo más beatle que Paul haya sido desde la separación del grupo, y "Queenie Eye" y "Everybody Out There" podrían haber formado parte de cualquier otro de sus álbumes solista. En conjunto, lo nuevo se acomoda sin distenciones entre los homenajes a John Lennon y George Harrison (con "Here Today" y "Something", respectivamente) y sirve de antesala para una seguidilla de pesos pesados en un crescendo de emotividad: de la euforia de "Ob-La-Di Ob-La-Da", "Band on the Run" y "Back In the "U.S.S.R." a la trifecta imbatible de "Let It Be", "Live And Let Die" (y sus toneladas de pirotecnia) y "Hey Jude".



Las dos estocadas finales demostraron que todavía quedaban varios cartuchos por quemar, desde "Day Tripper" y "Get Back" al clásico de Wings "Hi, Hi, Hi" (la ironía de que suene un tema que en su momento fue censurado por apologético en un país en vías de legalizar el cannabis), hasta el contraste entre "Yesterday" y el aura protopunk de "Helter Skelter". Al igual que en Abbey Road, "Golden Slumbers", "Carry That Weight" y "The End" funcionaron como un epílogo certero. Su última frase ("And in the end, the love you take is equal to the love you make") tuvo una doble interpretación posible: puede leerse como el mensaje de McCartney a un público devocional, o también como el gesto de agradecimiento por parte de cincuenta mil personas que en alguno (o todos) los momentos de su existencia tuvieron a estas canciones como la banda de sonido de su vida.

Por Joaquín Vismara

____________________________

Continuaremos en posts venideros trayendo más reseñas y crónicas de este concierto inolvidable.

Hasta pronto










 

miércoles, 26 de marzo de 2014

ASÍ VIO LA ROLLING STONE [EDICIÓN ARGENTINA] EL CONCIERTO DE PAUL McCARTNEY DE 2012 EN MONTEVIDEO

Reproducimos la crónica que la Revista Rolling Stone edición argentina hiciera sobre el concierto de Paul McCartney en Uruguay el 15 de abril de 2012.

Muy certera crónica de una noche que fue mágica. Y no agregamos nada más.

_____________________________ 

 

Paul McCartney: el primer beatle en Uruguay

El cantante se presentó por primera vez en el país vecino, en el Centenario de Montevideo; crónica de otra noche inolvidable junto a la leyenda británica


Fotos de Matilde Campodónico

Desde hace siglos, al caer la tarde del domingo, el borocotó de los tambores resuena en Montevideo. Las comparsas que desfilan por la Calle Isla de Flores marcan la identidad musical de la ciudad. El candombe, ritmo heredado de los negros africanos traficados como esclavos, es también una cultura, una tradición, una entidad que sobrevive al paso del tiempo en un trance hipnótico y percusivo.

A mediados de los 60, los discos de los Beatles provocaron una revolución en todo el mundo, pero lo que ocurrió en Montevideo merece especial atención. Hugo y Osvaldo Fattoruso, junto a Pelín Capobianco y Caio Vila, fundaron Los Shakers, un grupo que nació a imagen y semejanza de los Beatles, pero que pronto desarrolló una personalidad propia y una búsqueda inventiva en paralelo a la carrera de los Fab Four. Pero, además, de la fusión entre esa cultura musical dominante y el sonido ancestral de los tambores, nació el candombe-beat. Eduardo Mateo, Rubén Rada, Walter Cambón, Luis Sosa, Chichito Cabral, Urbano Moraes y el Lobito Lagarde, montaron, con su música, los cimientos del rock uruguayo bajo la perspectiva de un regionalismo crítico.
La marcada influencia que el grupo de Liverpool ejerció sobre los músicos mencionados, y también sobre los artistas más populares y talentosos del Uruguay como Jaime Roos, Fernando Cabrera, Eduardo Darnauchans, los hermanos Diego, Daniel y Jorge Drexler, (entre muchísimos otros, claro), transforman a Montevideo en la ciudad más beatle de Latinoamérica. Y sobre esa perspectiva debemos entender, entonces, la importancia social, histórica y musical que tiene este concierto de Paul McCartney, el primer beatle que toca en Uruguay.

En un guiño del destino, Macca debuta en Montevideo a la hora del candombe. Y es seguro, entonces, que en varias esquinas las melodías de Paul se (con)fundan en un abrazo metafísico con el borocotó de los tambores y, en un hechizo de realismo mágico, esa fusión que iniciaron Rada y Mateo hace casi medio siglo se corporice esta noche en un encuentro casual, misterioso, irresistible.
[...]

****

Es imposible desligar a cualquier análisis del show de Macca en el Centenario de su perspectiva histórica y emotiva. [...] Lo llamativo es que el propio Paul, en su alegre transitar por esta vida con ese aire zen, mezcla de simpática impunidad con eterna adolescencia que le otorga ser un ex beatle, parece consciente de lo que representa este recital. Y parece decidido a imprimirle un tono épico a la velada, cuando informa que es la primera vez que tocan "The Night Before" (el clásico de Help, 1965) en Sudamérica. O cuando anuncia el estreno del flamante videoclip de "My Valentine", protagonizado por Natalie Portman y Johnny Depp. La canción, dedicada a su esposa Nancy, editada en el también flamante Kisses on the Bottom (2012) está en consonancia con los standards de jazz que integran el álbum, y tiene un aura de belleza, romanticismo y melancolía (en la senda de "Nature Boy"), que la transforma en un clásico instantáneo.

A pesar de que la estructura del show es similar a la del que ofreció en Buenos Aires a fines de 2010 (un recorrido por emblemáticas canciones de los Beatles, de Wings y de sus discos como solista, The Fireman incluido), es imposible que ver a Sir Paul no sea una experiencia trascendental y movilizante. Ese tipo que está parado con elegancia británica enmarcada en su chaqueta azul y con su clásico bajo Höfner al cuello, es una de las personalidades unánimemente queridas, respetadas, admiradas en todo el mundo desde hace cinco décadas. Él es uno de los responsables de una revolución cultural, musical y social más sintomáticas de la segunda mitad del siglo XX. Es, al fin y al cabo, el que inspiró a todos esos otros músicos de distintas partes del mundo que veneramos.

Su grandeza y su encanto, sin embargo, trascienden su leyenda. Paul hace las veces de amable anfitrión, y nos arenga, desde el primer minuto, para que el Estadio sea una fiesta. Cumple a la perfección con lo que podríamos entender como esa liturgia demagógica que impera en el rock de estadios. Pero en este caso lo trasciende todo, porque el tipo que está chapuceando en un castellano leído, es tan pero tan grande, que sólo podemos rendirnos ante su humildad y su grandeza. Nombra a Uruguay unas diez o quince veces a lo largo del show, y nos regala momentos memorables cuando dice "¡Suarez!", celebrando la performance del delantero uruguayo Luis Suarez (que acaba de llevar al Liverpool a la final de la copa de Inglaterra), y cuando anuncia que en Maldonado y Rivera están viendo el show en directo (igual que en Montevideo, las intendencias montaron pantallas gigantes).

**** 

En el escenario hay tres pantallas gigantes de leds, que proyectan la filmación del show en tiempo real y clips para la mayoría de las canciones, pero lo que sostiene al show es lo impecablemente bien que suena la banda en vivo. Paul al centro, siempre en acción, yendo del bajo a la guitarra, y de la guitarra al piano, y del piano a la mandolina, y de la mandolina al ukelele. Y cuando agarra el ukelele, entre tanto paso de arenga y de comedia, comenta casi al pasar que ahora hay mucha gente que toca el ukelele, pero que el que empezó a tocar el ukelele fue su amigo George Harrison, y que él también tenía un ukelele y un día fue con su ukelele a la casa de George, y que le dijo que se había aprendido una de sus canciones en el ukelele, y entonces George y Paul tocaron juntos esta canción que él ahora nos va a cantar con ese ukelele. Y lo que suena es "Something". Y lo que rueda por todas nuestras mejillas son lágrimas.

****

La noche está estrellada y en el Centenario tiritan los celulares alzados que parecen reflejar las estrellas del cielo a la enésima potencia, mientras Paul McCartney, sentado al piano, canta "Let It Be". Y es uno de esos momentos que todos los que estamos ahí vamos a guardar y atesorar para siempre. Macca, por cierto, no escatima en clásicos Beatles. Ya nos hizo comprobar el efecto instantáneamente lacrimógeno que provoca "All My Loving": basta con escuchar, apenas, los primeros tres segundos para que nos inunden las lágrimas, producto de una energía inexplicable comparable, por ejemplo, al final de El gran pez. Pero la seguidilla de clásicos con el set de pirotecnia de "Live and Let Die", el coro multitudinario de "Hey Jude", "Lady Madonna" (con un clip que repasa a las mujeres más emblemáticas del siglo XX, de la Madre Teresa de Calcuta a Eva Perón, de Frida Kahlo a Audrey Hepburn, de Billie Holiday y Ella Fitzgerald a Marilyn Monroe y Lady Di), el riff inigualable de "Day Tripper", la potencia de "Get Back", el aura intimista de "Yesterday" y la explosión de "Helter Skelter" es inigualable. Suena tonto dicho así, porque en verdad, casi podríamos sintentizar la historia del rock con ese puñado de canciones. Pero, en verdad, después de un show de esta magnitud, cualquier idea queda reducida.

Es que el show que propone McCartney es el mejor show posible porque es inigualable. Por su universalidad, por el ascendente que tiene su música en el resto de las músicas que escuchamos todos los días, por la perfección de las melodías y por el modo en que las llevamos bajo la piel. Pero, fundamentalmente, porque lo hace todo con un elevadísimo nivel de perfección, de belleza, de felicidad, y de liviandad. Nos saca el peso de saber que estamos viendo a una leyenda. Se muestra amable y generoso con sus músicos, sesionistas superlativos que tienen uno de los mejores trabajos con los que puede soñar un músico. Es un ensamble perfecto, que podría parecer austero, pero funciona a todo nivel, con una notable capacidad para asimilar y evocar los sonidos de cada etapa de la carrera de Sir Paul, a quien acompañan desde hace una década. [La formación: Rusty Anderson, guitarra y coros; Paul Dickens, teclados; Brian Ray, guitarra, bajo y coros; Abe Laboriel Jr., batería, percusión y coros].

****

Se encienden las luces del estadio y el sueño se termina, pero instantáneamente se abre el próximo porque Paul se despide diciendo "Muchas gracias, Uruguay. ¡nos vemos la próxima!". Y esa lluvia de papelitos que son lanzados desde el escenario hacia la más VIP de todas las plateas se queda flotando en el aire provoca un poco de melancolía.

Son casi tres horas de show que fluye en un caudal de canciones, y que se evapora en un instante. La duda final es, simplemente, cuántas veces podríamos ver a Paul en vivo sin que pierda la magia. La respuesta, sospechamos infinita, queda flotando en el aire de Montevideo, por esta noche al menos, la ciudad más beatle del mundo.

_____________________________

Sabemos que el clima se va a recrear y que la segunda vez no será menos que la primera, sino, por el contrario, un acrecentamiento de aquellas emociones. Y para nosotros, que pasamos la mitad de la cincuentena, esa sensibilidad está a flor de piel y vigente, pero también lo está para los que nos llevan algunos años y aquellos que son mucho más jóvenes que nosotros. Esa es la verdadera magia.

Hasta pronto








Archivo del Blog

Acerca de mí

Mi foto
Librepensador en todos los campos y en su mayor extensión imaginable